Tilsa llegó a mi vida el 9 de mayo de 2014. Era una pequeña gatita blanca que apareció sola, sin hogar y sin nadie que la cuidara. Vivíamos en una quinta de Breña y, ese día, mientras mi mamá y yo estábamos en la sala, vimos cómo la puerta se abría suavemente. Pensamos que era el viento, pero no: era una diminuta gatita que, sin miedo alguno, había decidido entrar.
Se quedó parada en el primer escalón mirándome fijamente. Yo la observaba igual de sorprendida. Nunca había vivido algo así. Mi mamá intentó sacarla, pero ella parecía decidida a quedarse. Trepó las cortinas para evitar salir y, aunque finalmente la dejaron afuera, no se fue. Horas después seguía sentada junto a nuestra puerta, esperándonos.
Como no sabíamos nada de gatos, le di un par de panes con manteca. En mi ignorancia pensé que eso podría ayudarla. Se los comió de inmediato; tenía mucha hambre. Al anochecer, uno de mis hermanos llegó del trabajo, la vio todavía allí y decidió dejarla entrar para que pasara la noche bajo techo. Esa noche durmió en una cajita improvisada como cama. Al día siguiente ya caminaba por toda la casa como si siempre hubiera vivido con nosotros.
Sin darnos cuenta, ese fue el comienzo de su hogar definitivo. Nunca volvió a irse. La adoptamos y se convirtió en parte de nuestra familia durante doce maravillosos años.
Al principio, yo era la única que se oponía a que se quedara. Éramos una familia numerosa en una casa pequeña y no me convencía la idea de tener una mascota. Pero poco a poco empecé a observarla. Ella también me observaba. Un día se acercó, se sentó a mi lado y la cargué por primera vez. Era tan pequeña y frágil que podía sentir sus costillas. Desde ese momento algo cambió.
Ese mismo día le tomé sus primeras fotografías con la cámara de mi computadora. Aún las conservo con mucho cariño. Recuerdo que encontré una pelotita rosada de mi hermanito, se la di para jugar y ella la abrazó como si fuera un tesoro. Se veía tan tierna que no pude dejar de fotografiarla. Ahí descubrí también su pequeña manchita negra en la nariz y lo increíblemente fotogénica que era.
Días después llegó el momento de ponerle nombre. Mi mamá preguntó qué nombre le daríamos. Yo estaba leyendo un periódico y, al ver una noticia donde aparecía el nombre “Tilsa”, lo dije en voz alta sin pensar. Mi mamá sonrió y respondió: “Entonces se llamará Tilsa”. Lo curioso es que yo, la persona que menos quería que se quedara, terminé dándole su nombre.
Con el tiempo construimos un vínculo muy especial. Aprendí a preocuparme por ella, a buscarla cuando no la veía y a entender sus costumbres. También me regaló momentos inolvidables, como aquella noche en la que desperté y descubrí que había dejado un pericote casi muerto sobre mi cama como trofeo de caza. Entre sustos y risas, así era ella: traviesa, valiente y llena de personalidad.
Tilsa rompía muebles, trepaba cortinas, mordía brazos y hacía travesuras constantemente. Decíamos que era “medio perro” por su forma de comportarse. Sin embargo, logró algo que nunca imaginé: conquistar mi corazón por completo. Lo que empezó como temor terminó convirtiéndose en un amor inmenso. Llegué a entenderla y siento que ella también me entendía a mí.
Lamentablemente, por desconocimiento, nunca la esterilizamos. Fue nuestra primera mascota y no sabíamos la importancia de hacerlo. Con los años comenzaron a aparecer pequeños bultos que pensamos que no eran graves. Después llegaron tumores en sus glándulas mamarias y todo cambió. La llevamos al veterinario, fue operada y también esterilizada, pero la enfermedad ya había avanzado.
A pesar de todo, siguió luchando con una fortaleza admirable. Finalmente desarrolló complicaciones pulmonares que le dificultaban respirar. Meses después, a los 12 años, falleció en casa a causa de un infarto.
La extraño profundamente. A veces pienso en aquella primera mirada que compartimos cuando cruzó la puerta de mi casa. Esa forma silenciosa de comunicarnos nunca desapareció. Era como si, por un instante, solo existiéramos ella y yo.
Hoy sus cenizas descansan en la casa de mi madre, sobre un pequeño altar acompañado de su retrato y una fotografía familiar. Allí permanece Tilsa, nuestra pequeña aventurera, la gatita que un día entró sola por una puerta abierta y decidió quedarse para siempre en nuestros corazones.
Siempre te recordaremos, Tilsa. ❤️🐾