La historia de mi querido Floyd comenzó incluso antes de que naciera, cuando aún estaba en la pancita de su mamá.
Su mamá era una perrita que había sido atropellada. Una persona de buen corazón la rescató y la llevó al veterinario, donde descubrieron que estaba preñada. A pesar de todo lo que había vivido, recibió los cuidados necesarios hasta que dio a luz. De esa historia de amor, esperanza y segundas oportunidades nació mi hermoso Floyd.
Cuando los cachorros ya habían nacido, mi sobrina fue a conocerlos con la intención de adoptar a uno. Pero ella siempre dice que, en realidad, fue Floyd quien la eligió. Entre todos sus hermanitos, se acercó a ella como si supiera que ese sería su hogar. Creo que fue amor a primera vista.
Así llegó a nuestra familia siendo apenas un bebé. Desde el primer día se adaptó a la casa y conquistó el corazón de todos. Parecía que siempre había vivido con nosotros. Le encantaba que estuviéramos juntos y, cuando alguien salía, intentaba seguirlo; muchas veces teníamos que irnos en silencio para que no se diera cuenta.
Disfrutaba muchísimo los paseos y correr en el parque. Allí hizo muchos amigos perrunos y se emocionaba cada vez que los veía. Era alegre, juguetón y muy expresivo. Cuando llegaba la hora de volver a casa hacía sus famosas pataletas: se sentaba y se negaba a caminar. Más de una vez tuvimos que cargarlo porque simplemente no quería que terminara el paseo.
Floyd era el engreído de la familia. Cariñoso, travieso y protector, tenía una forma muy especial de demostrar cuánto nos quería. Cuando salíamos todos juntos, quería que nadie se quedara atrás. Si alguno se alejaba, se inquietaba y hasta se paraba en dos patitas para buscarlo. Para él, su familia siempre debía permanecer unida.
Durante esos años llenó nuestra vida de alegría, juegos, travesuras y muchísimo amor. Nadie imaginaba que su tiempo con nosotros sería tan corto ni que su partida llegaría de forma tan inesperada.
Se fue cuando apenas tenía tres años. Su partida fue repentina y dejó un enorme vacío en nuestro hogar. Lo lloramos durante mucho tiempo y, aunque el dolor aprendió a convivir con nosotros, su ausencia todavía se siente.
Han pasado siete años desde entonces y seguimos recordándolo con el mismo cariño. Hay seres que dejan una huella tan profunda que el tiempo nunca logra borrarla.
Aunque su vida fue breve, estoy segura de que fue un perro feliz. Supo lo que era ser amado, cuidado y parte de una familia. Pero también entendí que el regalo más grande fue para nosotros: haber compartido la vida con él, disfrutar de su alegría, sus ocurrencias, sus travesuras y ese amor incondicional que nos regaló cada día.
Gracias, mi querido Floyd, por habernos elegido y por llenar nuestro hogar de felicidad. Tu paso por nuestras vidas fue corto, pero el amor que nos dejaste será eterno.
Por siempre vivirás en nuestros corazones, mi amado Floyd. 🐾💙